25/05/2020 Todo gesto de amor legítimo, hecho a imagen del amor de Jesús, es expresión de eternidad, que derrota el tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡BUENOS DÍAS NOS DÉ DIOS! 26 MAYO 2020
Todo gesto de amor legítimo, hecho a imagen del amor de Jesús, es expresión de eternidad, que derrota el tiempo.

Desde el encuentro seductor con Jesús, cuando perseguía a los cristianos, Pablo ya no sabe vivir sin Cristo, no sabe más que cumplir el encargo que Cristo le dio de predicar y extender su evangelio. Esa es su tarea principal y ese es su gran gozo. Una tarea y un gozo que Pablo vivirá en medio de peligros, tribulaciones, situaciones dolorosas y también momentos de profunda alegría. Todo por ver rechazado o acogido a su único Maestro y Señor, Jesús de Nazaret. “Para mí, la vida es Cristo”.
Relata a los presbíteros de Éfeso lo que ha sido su vida desde su conversión, y cómo se ha gastado y desgastado por anunciar el evangelio de Jesús. Avisado por el Espíritu cree que en sus próximas andaduras evangélicas le esperan cárceles y luchas. “Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio”. Porque él sigue conservando la vida que es su unión con Cristo. Todo lo otro no es nada, en comparación con el sublime conocimiento y el amor de Cristo Jesús.
Primera lectura Hch 20,17-27
La misión del Apóstol es una misión recibida de Jesús, el Señor, y guiada por el Espíritu que consiste en servir, anunciar, enseñar, testimoniar
Completo mi carrera, y cumplo el encargo que me dio el Señor Jesús.
En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Cuando se presentaron, les dijo: «Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas que me han procurado las maquinaciones de los judíos. Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que os he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan a Dios y crean en nuestro Señor Jesús. Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas. Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios. He pasado por aquí predicando el reino, y ahora sé que ninguno de vosotros me volverá a ver. Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie: nunca me he reservado nada; os he anunciado enteramente el plan de Dios.»
Pablo regresa a Palestina e intuye que no va a volver por la provincia romana de Asia, por lo que quiere despedirse de todos los responsables de las Iglesias de este territorio.
Estas Iglesias estaban organizadas al estilo de las comunidades judías dirigidas por un consejo de ancianos. Lo que podíamos llamar el Colegio Apostólico, formado por los Apóstoles era la base de la Iglesia, habiendo un equilibrio entre Colegio y comunidades en el que éstas últimas tenían la responsabilidad de sí mismas.
Los ancianos (y los epíscopos u obispos que aparecen más tarde, parece que con una misión de supervisión) reciben su cargo mediante una imposición de las manos mediante la cual se hacían partícipes de le misión de los apóstoles.
Pablo se había dirigido a todos, judíos y paganos, proclamando la Buena Nueva de Jesús, entregándose por entero a esta labor, y se va con la conciencia tranquila, con la satisfacción de haber “cumplido el encargo que le dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios”.
Expone a los responsables de las Iglesias una especie de testamento en el que hace constar lo que ha sido su vida al servicio del Evangelio, tratando de que sirva de ejemplo para que nadie se amilane ante el esfuerzo y sacrificio que esto puede suponer.
Esa debe de ser nuestra tarea y nuestra convicción: proclamar la Buena Nueva del Reino de Dios, convencidos de que contiene la gracia de nuestro Padre, proclamada por su Hijo e iluminada por su Espíritu.
Destacaría la frase final, que es un llamamiento a la conciencia de todos y cada uno, y su confianza en el Espíritu del Señor, del que se siente íntimamente acompañado; es la experiencia de fe. Profunda de que Pablo goza.

Sal 68,10-11.20-21
Confianza en el Señor es lo que este salmo destila
Reyes de la tierra, cantad a Dios.
Derramaste en tu heredad,
¡ oh! Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad,
oh Dios, preparó para los pobres.
Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas,
es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.
Gracias Señor por el agua que nos mandas, que alimenta la tierra y la impulsa a dar fruto.
El agua es una bendición para la tierra de Israel, como lo es para todos nosotros, porque permite a la tierra alimentar las plantas. Del mismo modo el agua viva del Señor es alimento para nuestro corazón y nuestra mente
Y así, el pasto que la tierra da, alimenta a los animales que sirven al hombre y permiten el ciclo de vida que se desarrolla en el Tierra. Pan y vino son nuestro alimento divino, cuerpo y sangre de Jesús, el Cristo, que el Padre con tanta generosidad nos envió para enseñarnos el camino de la justicia y la paz, y que dio su vida por nosotros. La atención al necesitado es canto acostumbrado que debemos escuchar y practicar
Bendigamos, pues, al Señor que nos alimenta y nos da la vida; presente en los acontecimientos de esa vida debemos de tenerlo, para que de nosotros emane siempre justicia y paz, reflejadas en el amor al prójimo, que tan bien nos enseñó Jesús.
Porque su sacrificio significó la victoria sobre la muerte y así a nosotros nunca nos alcanzará esa muerte, pasando a una nueva presencia espiritual, pero cierta, al lado del Señor gozando de su divina visión.
Igualmente recibimos tu gracia, Señor, que nos alimenta y también nos lleva a dar el fruto de proclamar tu Reino por todo el universo.
Especialmente te rogamos, Señor, que sepamos atender prioritariamente a los más pobres, a aquellos que más necesitan nuestro amor, nuestro tiempo, nuestra ayuda material.
Porque Tú nos ayudas a llevar nuestras cargas, en tus manos pondremos nuestras miserias sabiendo que Tú eres nuestra salvación, aquí en esta tierra y después directamente en tu compañía celestial.

Queriendo o sin querer, en más de una ocasión, nos vemos obligados a preguntarnos dónde apoyamos nuestra vida, cuál es la fuente de nuestra energía, la que nos permite vivir según la vocación elegida, en nuestro caso, el seguimiento de Jesús. Jesús, en el pasaje evangélico de hoy, responde a estas preguntas y nos revela así cuál fue el secreto de su vida: su íntima relación con su Padre Dios, evidentemente una relación de amor. “Te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste... He manifestado tu nombre a los hombres... Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti... y han conocido verdaderamente que yo salí de ti”.
Ciertamente Jesús amó hasta el extremo a los hombres. Y la mejor manera de demostrarles su amor fue gastando su vida en hablar a los hombres de Dios, como de un Padre bueno, y de lo gratificante que era para todos nosotros aceptar la relación con ese Padre Dios, que nos tiene “como suyos”, como hijos suyos. Y ruega al Padre por todos nosotros: “Te ruego por ellos... Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti”.
Evangelio Jn 17,1-11 a
En la lectura puede verse la profunda interacción entre un Padre, todo amor, y un Hijo, del todo obediente.
Padre, glorifica a tu Hijo.
En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»
La oraciones de despedida de Jesús son una verdadera maravilla y un ejemplo de oración para nosotros.
En el capítulo 16, Juan finaliza la conversación de Jesús con sus discípulos en la Última Cena, y la lectura de hoy es el inicio de la preciosa oración de Jesús antes de ser detenido.
Se ha llamado a veces “la oración sacerdotal”, en la que Jesús ora por un pueblo que desempeñará un papel sacerdotal en el mundo. Es, ni más ni menos, nuestra misión, “modernamente” citada y especificada en el Concilio Vaticano II: “Los bautizados son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10).
Esta lectura es digna de una profunda meditación ... y aceptación, pues contiene muchas consideraciones importantes: 1) Glorificar a Jesús, el Hijo que nos salva; 2) Nos da la vida eterna, es decir, vence, con el poder del Padre, a la muerte; 3) Y esa vida eterna ES el conocimiento de un solo Dios verdadero, y del Hijo por Él enviado; 4) Jesús nos ha traído la Palabra del Padre, ha proclamado el Reino de Dios y nos lo ha dado a conocer; 5) Reza al Padre por todos nosotros que nos quedamos en este mundo y que hemos recibido su Palabra.
Es claro que la lectura de hoy es solamente parte de esa oración sacerdotal, que sigue hasta el versículo 26. Y hace la oración en compañía, en comunidad con sus discípulos.
Jesús pide al Padre la vida eterna para nosotros, una vida eterna que alegre, confiadamente, debe de empezar en este mundo. ¿Cómo? Conociendo al Padre. ¿Y cómo conocemos al Padre? Mediante la oración y el seguimiento de Jesús, el Hijo, que nos lo dio a conocer.
Por la Palabra que Jesús nos ha comunicado. Por el nombre de Dios que Jesús nos ha dado a conocer. Aspiremos a ir tras Jesús en su camino hacia el Padre.

LA MEDITACIÓN, ¿QUÉ DICE? : Nuestra tarea cristiana tiene los antecedentes marcados por Pablo y su ejemplo; la proclamación del Reino de Dios tiene que seguir adelante y nosotros somos los responsables. Y en esta tarea, bendecimos al Señor porque El es nuestra salvación y lleva nuestras cargas con nosotros. El seguimiento de Jesús moviéndonos en su Evangelio, en su Buena Noticia, nos ayudará a ser portadores de la Palabra.

¿QUÉ NOS DICE? : ¿Tenemos una conciencia formada? ¿Nos impulsa a proclamar la Palabra en todo nuestro mundo? ¿Sabemos dar gracias al Señor por su compañía, por su ayuda, por ser nuestra salvación? ¿Sabemos cómo seguir a Jesús?

LA ORACIÓN: Bendigamos a Cristo, que nos prometió enviar desde el Padre, en su nombre, el Espíritu santo, y por medio de Él, bendecimos también al Padre en el Espíritu Santo, y le pedimos que hoy todas nuestras palabras y obras sean según su voluntad. Te lo pedimos, Señor

Exhortación Apostólica “VIVE CRISTO” DEL Papa FRANCISCO a los jóvenes y a todo el Pueblo de Dios
223. Por otra parte, no podemos separar la formación espiritual de la formación cultural. La Iglesia siempre quiso desarrollar para los jóvenes espacios para la mejor cultura. No debe renunciar a hacerlo porque los jóvenes tienen derecho a ella. Y «hoy en día, sobre todo, el derecho a la cultura significa proteger la sabiduría, es decir, un saber humano y que humaniza. Con demasiada frecuencia estamos condicionados por modelos de vida triviales y efímeros que empujan a perseguir el éxito a bajo costo, desacreditando el sacrificio, inculcando la idea de que el estudio no es necesario si no da inmediatamente algo concreto. No, el estudio sirve para hacerse preguntas, para no ser anestesiado por la banalidad, para buscar sentido en la vida. Se debe reclamar el derecho a que no prevalezcan las muchas sirenas que hoy distraen de esta búsqueda. Ulises, para no rendirse al canto de las sirenas, que seducían a los marineros y los hacían estrellarse contra las rocas, se ató al árbol de la nave y tapó las orejas de sus compañeros de viaje. En cambio, Orfeo, para contrastar el canto de las sirenas, hizo otra cosa: entonó una melodía más hermosa, que encantó a las sirenas. Esta es su gran tarea: responder a los estribillos paralizantes del consumismo cultural con opciones dinámicas y fuertes, con la investigación, el conocimiento y el compartir»


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