26/02/2024 La misericordia es ese atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas.

¡BUENOS DÍAS NOS DÉ DIOS! 26 FEBRERO 2024
La misericordia es ese atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas.

El pecado y el perdón son los motivos principales de la liturgia de esta semana. Motivos muy cuaresmales, ya que este tiempo de penitencia nos recuerda la necesidad de convertirnos (es decir, de alejarnos del pecado) y de acogernos a la misericordia de Dios (es decir, a su perdón). Daniel confiesa las iniquidades del pueblo, su cerrazón a las palabras de los profetas que le hablaban en nombre de Dios; pero, a la vez, reconoce la piedad y el perdón a los que el Señor está dispuesto, y cuya compasión paternal proclamará el evangelio, invitando a imitarla.
El mismo Dios exhorta al pueblo a purificarse, a obrar el bien, a defender a los desvalidos; y asegura que sus pecados pueden desaparecer dando lugar a algo mucho más hermoso. ¿De qué manera? Un camino sencillo consiste en seguir con docilidad la enseñanza de quienes guían nuestra fe –aunque a veces su conducta no se ajuste del todo a sus palabras- para acertar más fácilmente con la voluntad de Dios. Pero sobre todo la superación del pecado vendrá de la mano de Aquel que “no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos”, como él mismo anunció.
Así, pues, se nos anima a confiar plenamente en el Señor, que conoce bien nuestro corazón y dará a cada uno “según el fruto de sus acciones”. Se subraya, no obstante, que sus preferencias están a favor del que sufre injustamente (parábola del rico y del pobre Lázaro) y del que se arrepiente sinceramente de sus pecados, y hace fiesta por el hijo extraviado que regresa (parábola del “hijo pródigo”).

¿Nos sentimos avergonzados? Ante esa exposición tan sincera del profeta Daniel, repasando toda una lista de infidelidades del pueblo con Dios, podemos preguntarnos: ¿cómo presentaría este mundo nuestro donde abundan las guerras, violencia, hambrunas, migraciones, injusticias? Seguramente que con el profeta también tendríamos que reiterar ese sentimiento de vergüenza. No es éste el mundo que Dios ha puesto en nuestras manos para hacer de él “la casa común”. Frente a su bondad infinita, nuestros egoísmos manifiestan actitudes de dejación de nuestras obligaciones más inmediatas, nuestra falta de responsabilidad ante el mal que nos rodea y la superficialidad más común ante los problemas que causan tanto dolor en las personas.
Ese primer sentimiento de vergüenza no es todo. Por él descubrimos y valoramos la misericordia, la confianza y la seguridad en el perdón de Dios. Ahí resplandece quién es Dios con más nitidez. Pese a todo ese pecado que el pueblo ha cometido, el profeta proclama la misericordia infinita de Dios. ¿Por qué reitera el profeta esa misericordia y perdón de Dios? Porque puede abrumarnos más la maldad cometida y dejarnos apabullar por nuestras limitaciones. Dios perdona para que seamos capaces de levantarnos y seguir buscando ser fieles a su llamada. El primer gesto para ello es reconocer quiénes somos ante Él. Es lo que hace el profeta: reconocer para aceptar el perdón y salir renovados de ese encuentro con Dios.
Primera lectura Dn 9,4b-10
Podemos pensar en un objeto frustrado, un trabajo mal hecho, chapucero. Lo contrario de Dios. El egoísmo en lugar del amor. La fealdad en lugar de la belleza.
Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos.
Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con los que te aman y cumplen tus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes. Tú, Señor, tienes razón, a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los habitantes de Jerusalén, a judíos e israelitas, cercanos y lejanos, en todos los países por donde los dispersaste por los delitos que cometieron contra ti. Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Que el Señor nuestro Dios tenga misericordia y nos perdone porque nosotros nos hemos rebelado contra él. No obedecimos al Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por sus siervos, los profetas.
1 Esta lectura es una parte de la oración que Daniel eleva al Señor, confesando las culpas del pueblo de Israel y confiando en la misericordia de nuestro Dios.
2 En este tiempo de Cuaresma es adecuado hacer un profundo examen de conciencia y ver en que “le estamos fallando” al Señor, no sólo por acciones directas, sino también por omisión de obras que, como creyentes, deberíamos de realizar.
3 “Que el Señor tenga misericordia y nos perdone”, es pensamiento oportuno, siempre que vaya acompañado de un propósito serio de rectificar aquello en lo que no hemos obrado bien.
4 El Señor permanece fiel a la Alianza y está siempre dispuesto a otorgar su amor; los seres humanos, muchas veces, preferimos vivir por nuestra propia cuenta.

Después de orar por rescate, protección, y venganza, el salmo termina con una dependencia de gratitud sobre Dios, reconociendo el lugar de Dios como el Pastor sobre su pueblo, y ovejas, declarando la gratitud y alabanzas tanto ahora como en el futuro.
En el reino que vendrá sus aflicciones y lágrimas desaparecerán para siempre, y habrá una canción de alabanza de generación en generación.
Esto es una anticipación llena de fe por un día futuro más brillante cuando el pueblo de Dios de nuevo le alabará con un corazón pleno y con memorias nuevas de lo que él ha hecho por ellos.
Salmo 79,8.9.11.13
El Señor siempre es nuestro socorro
Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados.
No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados.
Socórrenos, Dios, salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre.
Llegue a tu presencia el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso,
salva a los condenados a muerte.
Mientras, nosotros, pueblo tuyo,
ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
contaremos tus alabanzas de generación en generación.
Te pedimos, Señor, que uses con nosotros de tu infinita misericordia, para que nos alcance siempre tu salvación, a pesar de nuestras faltas, para las que solicitamos el arrepentimiento y perdón.
Y “te daremos gracias siempre”, Señor, porque tu pastoreo es notorio en nosotros, y siempre nos conducirás a “verdes pastos... y aguas de descanso.
Gracias, Señor, por mostrarnos el camino. Te rogamos que nos hagas conscientes de nuestra necesidad de evangelizar, de proclamar la felicidad que encierra la Buena Nueva que tu Hijo vino a enseñarnos.

Dad y se os dará. El perdón de Dios que proclama el profeta Daniel, Jesús lo traslada a sus seguidores, como muestra de una fe real. Toda esta serie de actitudes a las que Jesús nos invita en el evangelio resultan chocantes en este mundo revestido de individualismo. Las relaciones humanas son ese crisol donde se mide la calidad de nuestra fe y se convierte en la “prueba del algodón” de la calidad de nuestro cristianismo. El trato con los demás está entrecruzado de múltiples fallos. Nuestras carencias, así como nuestras necesidades, nos llevan a romper la sana convivencia con los demás. Las heridas que nos provocamos unos a otros ocasionan violencia, rencor, distanciamiento e indiferencia. Son esas reacciones espontáneas que nos conducen a posturas anticristianas si en el camino no somos conscientes de su presencia en nuestro corazón.
Este es el mayor pecado para Jesús. Su insistencia en descubrir en el otro, en el pequeño, a su misma persona, es una forma de denunciar esa contradicción de acudir a Dios, habiendo excluido la relación con el hermano.
La Cuaresma es tiempo de análisis, de autocrítica de forma más sincera. Solo introduciendo en nuestras relaciones esa invitación de Jesús, nuestra vivencia de la fe será verdaderamente real. Si no es así, la Cuaresma no habrá entrado en nosotros.
Por eso, nos recuerda la característica que mejor define a nuestro Padre Dios y que es una invitación a imitarle: la misericordia. Sólo imbuidos de esa misma misericordia podremos ser capaces de imitar a Jesús. Él nos propone dos actitudes a erradicar: juzgar y condenar. Son actitudes que conducen a la dureza de corazón y que nos llevan a convertirnos en jueces de los demás. Como antídoto, Jesús, una vez más, nos invita a usar el perdón, ese del que todos estamos necesitados porque somos conscientes de nuestro pecado. Ese perdón se nos dará cuando nosotros seamos capaces de practicarlo sin reticencias ni reservas. Si no es así ¿cómo podemos pedirle a Dios que nos perdone? Solo dando el perdón podemos decir con el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”. ¿No hay mucha inconsciencia, por nuestra parte, al recitar la plegaria que nos enseñó Jesús
Evangelio Lc 6,36-38
Cuidado con nuestros juicios muchas veces prematuros y siempre indadecuados
Perdonad, y seréis perdonados.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»
1 “Lo que define a ese Dios que quiere reinar en el mundo no es el poder, sino la compasión. No viene a imponerse y dominar al ser humano. Se acerca para hacer nuestra vida más digna y dichosa. Esta es la experiencia que Jesús nos comunica. Jesús no puede experimentar a Dios por encima o al margen del sufrimiento humano. La compasión es el modo de ser de Dios, su forma de mirar al mundo, lo que le mueve a hacerlo más humano y habitable”. (José A. Pagola, Fijos los ojos en Jesús, Ed. PPC)
2 La compasión conmueve y acompaña siempre a Jesús, y con frecuencia lo vemos reflejado en sus palabras.
3 Nuestra conducta cristiana debe de desarrollarse con este sello indeleble que implica las acciones que aquí enumera Jesús: Compartir las penas con los demás, ser indulgentes, dejarnos conmover, excusar, olvidar las injurias, ser sensibles, no guardar rencor, tener buen corazón...
4 Ante todo, hay que ser muy honrados al hablar del perdón. No podemos banalizar algo que, evangélicamente hablando, es primordial. Porque hablamos del perdón evangélico, que no es un acto de justicia, sino de misericordia.
5 El perdón entre nosotros, brota siempre de nuestra filiación divina y, consiguientemente, de la fraternidad humana. El cristiano perdona porque su Padre, Dios, le ha perdonado antes a él. Perdona quien se sabe perdonado y, de alguna forma, vive ese perdón de Dios
6 El perdón es un gesto sorprendente que nace de un amor gratuito y, en particular, del ejemplo y mandato del Señor. Ni exige ni reclama ni pone condiciones. Se realiza por puro amor.
7 La frase final es definitiva: “La medida que uséis, la usarán con vosotros”.

LA MEDITACIÓN, ¿QUÉ DICE?: La misericordia de Dios es la actitud que se desprende de la liturgia de hoy. Ante esa misericordia del Señor nuestra conducta no puede por menos que reaccionar dando gracias y tratando de seguir el pastoreo con el que el Padre nos conduce, aunque dentro de nuestra libertad, seguirle es, realmente, cosa nuestra. La convicción cristiana es clara: no hay mejor camino que el que marca el Señor con su Palabra

¿QUÉ NOS DICE?: ¿Estamos dispuestos al arrepentimiento de las faltas cometidas y a acogernos a la misericordia del Señor? ¿Nos sentimos incluidos en la salvación que el Señor nos ofrece? ¿Cómo anda nuestra compasión? ¿Es sentimiento que practicamos? ¿Qué prevalece en mí, el juicio, la condena, el egoísmo o la fraternidad? ¿Qué me falta y qué me sobra ante estas consignas de Jesús?

LA ORACIÓN: Ilumínanos, Señor, con tu palabra Dios todopoderoso y compasivo, concédenos el espíritu de oración y de penitencia, y danos un verdadero deseo de amarte a ti y de amar a nuestros hermanos, y que ese amor se refleje en nuestro modo de actuar en la vida. Te lo pedimos, Señor

La caridad como trato personal de amor
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA C’EST LA CONFIANCE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO SOBRE LA CONFIANZA EN EL AMOR MISERICORDIOSO DE DIOS (CON MOTIVO DEL 150.º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ)
31. La Historia de un alma es un testimonio de caridad, donde Teresita nos ofrece un comentario sobre el mandamiento nuevo de Jesús: «Ámense los unos a los otros, como yo los he amado» ( Jn 15,12). Jesús tiene sed de esta respuesta a su amor. De hecho, «no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: “Dame de beber”, lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor». Teresita quiere corresponder al amor de Jesús , devolverle amor por amor.



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