Salmo 044

 Introducción.-
En un momento de grave crisis nacional -consecuencia de una derrota- Israel se dirige al Señor para implorar su ayuda. El recuerdo de las antiguas victorias (vs. 2-9), y su contraposición con la calamidad presente (vs. 10-17), confiere mayor dramatismo a la súplica. La alternancia entre el singular y el plural (vs. 5-6, 7-8) indica que el salmista, en alguna medida, encarna el destino de toda la nación. Esta es una de las características propias del rey, y por eso se puede pensar que es él quien pronuncia la súplica, como representante de todo el pueblo. Las audaces afirmaciones de los vs. 18-22 proporcionan un valioso indicio para fijar la fecha de composición del Salmo: el Señor permitió la derrota de su Pueblo en un momento en que este se mantenía fiel a la Alianza. El momento histórico que mejor responde a esta circunstancia es el largo reinado de Ezequías (2 Rey. 18 - 20), época de reforma religiosa y de tenaz oposición a la idolatría.

1 Del maestro de coro. De los hijos de Coré. Poema.
Evocación de la obra de Dios
2 Señor, nuestros padres nos contaron,
y por eso llegó a nuestros oídos,
la obra que hiciste antiguamente,
3 con tu propia mano, cuando ellos vivían.
Tú expulsaste a las naciones
para plantarlos a ellos;
y para hacerlos crecer,
destruiste a los pueblos.
4 No ocuparon la tierra con su espada
ni su brazo les obtuvo la victoria:
fue tu mano derecha y tu brazo,
fue la luz de tu rostro, porque los amabas.
5 Eras tú, mi Rey y mi Dios,
el que decidía las victorias de Jacob:
6 con tu auxilio embestimos al enemigo
y en tu Nombre aplastamos al agresor.
7 Porque yo no confiaba en mi arco
ni mi espada me dio la victoria:
8 tú nos salvaste de nuestros enemigos
y confundiste a nuestros adversarios.
9 El Señor ha sido siempre nuestro orgullo:
damos gracias a tu Nombre eternamente. (pausa)
Reconocimiento con gratitud, para gloria de Dios, de las grandes cosas que Él había hecho por sus antepasados.
Aquellos de la generación pasada le contaron al salmista de la gran obra que Dios hizo cuando Él echó a los Cananeos y plantó a Israel en la tierra prometida hacia los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob.
Al leer la historia de la conquista en los días de Josué, hubo tiempos cuando Israel no hizo nada – sólo Dios hizo la obra (Josué 24:12-13). Hubo otros tiempos en los que Israel debía de pelear, pero su pelea no hubiera alcanzado nada sin la diestra de Dios en su favor.
Esto era más importante que anteriormente tener la diestra o brazo del Señor a favor de ellos. Era mucho más importante el tener el rostro y el favor de Dios para con ellos.
El salmista recibió un regalo de sus padres– contando de la gran obra de Dios en el pasado. Había un precio por ese regalo; hizo que el salmista no estuviera satisfecho con cualquier sentido de que Dios no estuviera haciendo las mismas obras en su propio día. Por lo tanto, oró para que Dios mandara salvación a Jacob en el presente, no solamente en las historias del pasado. La oración se declaró con fe. Con confianza el salmista anticipó la respuesta de sus oraciones como si ya fueran hechas y confía en el Señor. Hablando por parte de Israel, el salmista le asegura a Dios que su fe está en Dios y Su poder, y no en su propia habilidad o fortaleza.
“En la guerra espiritual, como en la temporal, los medios señalados deben de ser utilizados, pero no se debe de ‘confiar en ello;’ del hombre es la batalla, pero Dios da la victoria; y a él se le debe de dar alabanza, y el poder, y la gloria.” (Horne)
Podemos suponer que la consiguiente alabanza era tanto por lo que Dios había hecho (en el pasado distante y reciente) y por la anticipación de lo que Dios hará en respuesta a la oración presente.
Pausa: “Una pausa es muy apropiada aquí, cuando estamos a punto de descender de lo más alto o un tono bajo. Ya no estaremos escuchando el pandero de María, sino el llanto de Raquel.” (Spurgeon)
¿Sabemos apreciar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros a lo largo de nuestra vida? ¿Apreciamos lo que sigue haciendo? ¿Prolongamos esa ayuda a los que necesitan de nuestra “mano”?

Queja por la actitud desconcertante de Dios
10 Pero ahora nos rechazaste y humillaste:
dejaste de salir con nuestro ejército,
11 nos hiciste retroceder ante el enemigo
y nuestros adversarios nos saquearon.
12 Nos entregaste como ovejas al matadero
y nos dispersaste entre las naciones;
13 vendiste a tu pueblo por nada,
no sacaste gran provecho de su venta.
14 Nos expusiste a la burla de nuestros vecinos,
a la risa y al escarnio de los que nos rodean;
15 hiciste proverbial nuestra desgracia
y los pueblos nos hacen gestos de sarcasmo.
16 Mi oprobio está siempre ante mí
y mi rostro se cubre de vergüenza,
17 por los gritos de desprecio y los insultos,
por el enemigo sediento de venganza.
La primera palabra de esta segunda parte del Salmo cambia el tono completamente.
No es que nos ataquen, es que ignoran a la Iglesia; nos pillan un poco por sorpresa porque estábamos acostumbrados a que nos tuvieran respeto y consideración. La palabra de tu Iglesia era escuchada y obedecida. Eran días de influencia y poder.
Nos sentimos arrojados de un extremo a otro. Es posible que sea un presente, un momento actual, en el que la Iglesia va perdiendo adeptos y, con ello, poder de conversión, o quizá sea el proceso inverso: pierde poder de conversión y por ello los adeptos van cayendo en número... y avanzando en edad.
Hay algún teólogo que opina que "El punto neurálgico de la crisis del desarrollo de la Iglesia católica en el momento actual consiste en que en el ámbito eclesiástico no rigen los principios de la democracia moderna".
En un nivel más vivo y concreto, aparece algo no menos fundamental. Por institución, constitución y finalidad, en la Iglesia tienen su patria natural las estructuras antropológicas básicas en las que se funda y apoya el espíritu democrático. Basta con recorrer el Nuevo Testamento, para ver con evidencia que la vida comunitaria que en él se anuncia y promueve está indisolublemente amasada con los valores de participación, solidaridad y no dominio, que constituyen el alma más auténtica de toda democracia.
La libertad, ante todo. "Cristo nos ha liberado para que vivamos en libertad" (Ga 5,1), proclama Pablo. Y la Carta de Santiago hablará de la "ley de la libertad" (Sant 1,25; 2,12) como pauta radical de la conducta efectiva
La igualdad, en segundo lugar. Basada en el cimiento indestructible de la filiación divina, la experiencia cristiana rompe —acaso por primera vez en la historia de la humanidad— con toda pretensión a cualquier desigualdad de principio
Finalmente, la fraternidad. No ya tan sólo como igualdad de libres, sino como ejercicio activo de la esencia más íntima que nos hace humanos. No cabe ser cristiano sin actuar como hermano de los demás, en el respeto, en el amor y en la solidaridad.
¿En verdad no sentimos la mano del Señor en nuestra vida? ¿Adjudicamos a Dios nuestras angustias?

Confesión de inocencia
18 ¡Y todo esto nos ha sobrevenido
sin que nos hayamos olvidado de ti,
sin que hayamos traicionado tu alianza!
19 Nuestro corazón no se volvió atrás
ni nuestros pasos se desviaron de tu senda,
20 como para que nos aplastaras
en un lugar desierto
y nos cubrieras de tinieblas.
21 Si hubiéramos olvidado el nombre
de nuestro Dios
y recurrido a un dios extraño,
22 el Señor lo habría advertido,
porque él conoce los secretos más profundos.
Sin embargo, continuamos en nuestra integridad y adhesión a Dios. Es propio del cristianismo el reconocimiento de que Dios nos libra del mal. Por Jesucristo somos liberados del pecado, y por tanto, del dolor y la muerte. Cuando alguien cree en este inmenso don que Dios nos hace en Jesucristo, se hace hijo suyo.
Nuestra esperanza debe de estar puesta siempre en la misericordia del Señor, que nos acoge como sus hijos, con toda ternura
La Alianza con el Señor, que Jesús convirtió en eterna, es nuestro mejor seguro de felicidad y de salvación a partir ya de ahora, de nuestra vida terrena, y se verá culminada en nuestra nueva presencia espiritual con el Señor
Por todo ello, nuestro corazón debe de estar permanentemente albergando al Señor, a nuestro Dios, que es nuestro Padre. Así nuestra vida será alegre, pendientes de todo el que nos necesite, dando ejemplo de entrega al Señor en nuestro prójimo
¿Somos realistas en la apreciación de nuestra conducta cristiana? ¿Nos mantenemos fieles a Dios, nuestro Padre?

Súplica por la restauración del Pueblo
23 Por tu causa nos dan muerte sin cesar
y nos tratan como a ovejas que van al matadero.
24 ¡Despierta, Señor! ¿Por qué duermes?
¡Levántate, no nos rechaces para siempre!
25 ¿Por qué ocultas tu rostro
y te olvidas de nuestra desgracia y opresión?
26 Estamos hundidos en el polvo,
nuestro cuerpo está pegado a la tierra.
27 ¡Levántate, ven a socorrernos;
líbranos por tu misericordia!
Elevamos esta petición de socorro; no pedimos glorias externas, sino conversión de corazones. No queremos triunfos personales sino amor y felicidad para todos
¿Es que sospechamos de la fidelidad del Padre? ¿O bien no atendemos a sus señales que nos rodean por doquier? ¿No fiamos en su Palabra?