09/10/2026 El seguimiento de Jesús marca nuestra vida cristiana. Pero, ¿sabemos como hacerlo?

 

 

 

 

 

 

 

BUENOS DÍAS NOS DÉ DIOS! 09 OCTUBRE 2026
El seguimiento de Jesús marca nuestra vida cristiana. Pero, ¿sabemos como hacerlo?

La Escritura había previsto que Dios «justificaría» a las naciones paganas por el «don» de la fe; puesto que anunció con antelación esa «buena nueva» a Abraham: «¡En ti serán bendecidas todas las naciones!» Los judaizantes, pretendían que se había de ser «hijo de Abraham», que había que «hacerse judío» para poder ser cristiano. Pablo no lo niega, y reconoce la continuidad en el proyecto de Dios... la Biblia de los judíos, el Antiguo Testamento, es también la Escritura sagrada de los cristianos.
Pero Pablo añade en una visión genial que desarrollará en la Epístola a los Romanos: que «todos» los hombres pueden llegar a ser «hijos de Abraham», no por la práctica de la Ley, sino por la Fe... Pues esto es precisamente lo que ha caracterizado a Abraham: «¡el hombre de la Fe!»
Primera lectura Ga 3,7-13
La fe nos ampara... siempre que nos impulse a la acción cristiana
Son los hombres de fe que reciben la bendición con Abrahán, el fiel.
Hermanos: Entended de una vez que hijos de Abrahán son los hombres de fe. Además, la Escritura, previendo que Dios aceptaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia: «Por ti serán benditas todas las naciones.» Así que son los hombres de fe los que reciben la bendición con Abrahán el fiel. En cambio, los que se apoyan en la observancia de la ley tienen encima una maldición, porque dice la Escritura: «Maldito el que no cumple todo lo escrito en el libro de la ley». Que en base a la ley nadie consigue salvarse es evidente, porque lo que está dicho es que «el que se justifica con la fe no es reo de muerte», y la ley no arranca de la fe, sino que «el que la cumple no será reo de muerte, gracias a sus obras». Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito, porque dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un árbol». Esto sucedió para que por medio de Jesucristo la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles, y por la fe recibiéramos el Espíritu prometido.
1 Pablo sigue, como ayer, esgrimiendo sus razones en contra de los “judaizantes” que parece, como insinúa ese "entended de una vez" del v. 7, insistían en que era necesario incorporarse a la descendencia de Abraham, mediante la circuncisión y la Ley, para poder participar de las "bendiciones" mesiánicas.
2 San Pablo, que no niega el papel importante de Abraham en la economía de la salvación, va a poner en su punto las cosas, cortando de raíz todas esas objeciones de los judaizantes y dándonos una visión maravillosa de las relaciones entre Antiguo y Nuevo Testamento.
3 Y, ¿Por qué alude a Abraham?; porque en la Alianza que Dios entrega a Abraham le dice:”... Esta es mi Alianza que deberán guardar tu y tu raza después de ti. Todo varón entre vosotros será circuncidado” (Gn 17, 10). Y era esto lo que los judaizantes “exigían”.
4 Lo que, en resumen, viene a decir Pablo es que es por la fe como entramos a formar parte de la verdadera "descendencia" de Abraham y que la Ley, en que tanto insistían los judaizantes, es más bien un régimen del que nos libró Cristo, a fin precisamente de que las "bendiciones" hechas a Abraham pudiesen llegar hasta los gentiles, es decir, extenderse por todo el mundo, sin estar limitado a Israel, “el pueblo elegido”.
5 Pablo trata de contraponer el cumplimiento de la Ley, en que cada uno debía labrarse su "justicia" a base del cumplimiento exacto de todos sus preceptos, y la economía de la fe, en que buscamos obtener esa "justicia" como don de Dios, puesta la confianza en El y en sus promesas de salvación.
6 Claro que la fe es más “exigente” que la ley; la fe nos lleva al amor y el amor nos lleva a atender a nuestro prójimo. Hoy en día Escritura y Tradición pueden tener un “encuentro” parecido al de la fe y la ley. Por eso los cristianos debemos de estar atentos a seguir la línea del amor en nuestras obras y no ampararnos en normas y ritos

El salmista, después de la invitación general (del cantor oficial) a alabar a Dios: «Aleluya» (hebreo Hallelu-Yah = Alabad a Yah), continúa él en primera persona: «Daré gracias a Yahweh con todo el corazón», y lo va a hacer en la asamblea y como miembro de toda la familia israelita. Debemos alabar a Dios en público y en privado, en la iglesia y en familia.
Salmo 111,1 – 6
Jesús instauró la alianza definitiva
El Señor recuerda siempre su alianza.
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en la reunión de los justos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.
El da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza.
Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.
Gracias te damos, Señor, porque nos unes en asamblea, formas comunidad bajo la escucha de tu Palabra y con ella nos alimentas y nos muestras cual debe de ser nuestro caminar en esta vida terrena en la senda de la salvación que culminaremos en tu compañía.
Te alabamos y te bendecimos por esa piedad y clemencia, por esa compasión que muestras siempre con los que te aman, y te rogamos que seamos capaces de llevarla a los que nos rodean, especialmente a los más humildes y necesitados.

Ciertamente, el Reino es un futuro y se confunde con la plenitud de Dios a la que tienden los humanos. Sin embargo, el Reino es a la vez algo presente; es precisamente aquello que sucede y se realiza cuando Jesús expulsa a los demonios, perdona los pecados y suscita un campo de fraternidad entre los hombres. No viene el Reino en signos exteriores, en estrellas que se caen, por la peste o en la guerra. El Reino acaece (se empieza a mostrar) allí donde Jesús libera a los hombres de la fuerza del diablo (lo inhumano) y les conduce hacia el futuro de gracia, libertad y vida. Esta es la fe del evangelio, en contra de la opinión de los fariseos, que interpretan la obra de Jesús como expresión de la presencia y el influjo de Satán, el diablo.
Evangelio Lc 11,15-26
Jesús deja claro que ante Él, nadie puede permanecer neutral, o se le acepta y se le sigue radicalmente, o simplemente no se le acepta.
Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.
En aquel tiempo, habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: Si echa los demonios, es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo. El, leyendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero como no lo encuentra, dice: Volveré a la casa de donde salí. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio.
1 Meditación del Papa Francisco
Al leer este pasaje del evangelio, este y otros, dicen: "Pero, Jesús sanó a una persona de una enfermedad mental". Es cierto que en aquel momento se podía confundir una epilepsia con la posesión demoníaca; ¡pero también es cierto que era el diablo! Y no tenemos derecho a hacer tan simple la cosa, como para decir: "Todos estos no eran endemoniados; eran enfermos mentales". ¡No! La presencia del demonio está en la primera página de la Biblia y la Biblia termina con la presencia del diablo, con la victoria de Dios sobre el demonio. No hay que ser ingenuos.
El Señor nos da algunos criterios para "discernir" la presencia del mal y seguir en el camino cristiano cuando hay tentaciones. ¡Hay que vigilar! Pero con tres criterios. No hay que confundir la verdad. Jesús lucha contra el diablo: el primer criterio. Segundo criterio: quien no está con Jesús, está en contra de Jesús. No hay actitudes en medio. Tercer criterio: la vigilancia en nuestro corazón, porque el diablo es astuto. ¡Nunca se aleja para siempre! Solo en el último día lo hará. (Cf. S.S. Francisco, 11 de octubre de 2013, homilía en la capilla de Santa Marta).
2 Los cristianos, tenemos un gran regalo que debemos aprovechar: la presencia de Dios. Él nos acompaña a todas partes y su presencia nos da paz y fuerzas para seguir luchando para que el bien venza.
3 Sin embargo, ante el mal que vemos a nuestro alrededor se nos presenta una tentación: que supuestamente el mal es fuerte y puede vencer a Dios. Pero no es así. En el evangelio de hoy, Cristo nos demuestra que Él ha vencido al demonio y al pecado.
4 Jesucristo quiere ser nuestra paz y nuestra gran esperanza. Sólo nos pide una cosa: que nos entreguemos totalmente a Él, que en nosotros no haya ningún rastro de maldad, que nos esforcemos conscientemente por ser hombres de bien, pero hombres completos. "El que no está conmigo, está contra mí".
5 Bajo esta “tutela”, los cristianos debemos de ser capaces de demostrar que donde estemos el reino del mal va desapareciendo y disminuyen los prejuicios, la maldad y la injusticia. Prueba de fuego, ¿verdad?

LA MEDITACIÓN, ¿QUÉ DICE?: Fe y compañía del Señor, que afirmaremos con la escucha de la Palabra y la oración, reconociendo las grandes obras que el Señor ha hecho en nosotros, dándole gracias, y apoyándonos en ellas para nuestra constante acción cristiana que debe de traer la justicia y la paz a nuestro alrededor.

¿QUÉ NOS DICE?.- ¿Fe y Ley, Escritura y Tradición, hechos y ritos, acción y normas, son contrapuntos que debemos de saber alinear? ¿Acostumbramos a dar gracias al Señor por sus grandiosas obras, le alabamos por su misericordia? ¿Comprendemos los criterios que indica el Papa Francisco y vigilamos nuestro entorno para transmitir justicia y paz?

LA ORACION.- Te bendecimos, Señor, creador del universo, porque has conservado nuestra vida hasta el día de hoy. Míranos benigno, Señor, ahora que vamos a comenzar nuestra labor cotidiana; haz que, obrando conforme a tu voluntad, cooperemos en tu obra de forma que nuestro trabajo de hoy sea provechoso para nuestros hermanos, y así todos juntos edifiquemos un mundo grato a tus ojos y vivamos en el gozo y la paz. Te lo pedimos, Señor

León XIV durante la Vigilia en la Plaza de Lima
(1) Sabemos que San Agustín es muy importante para usted, pero ¿qué otros santos y qué otros referentes le han ayudado en su crecimiento como cristiano? (2) Querría preguntarle ahora sobre sus años como misionero en Perú. ¿Qué recuerdo o qué experiencia guarda como un tesoro de estos años?
Durante los años de formación y de ministerio sacerdotal pude conocer muchas figuras de santidad que acompañan mi caminar. Recuerdo tres santos en particular.
El primero es san Juan Crisóstomo, que significa «boca de oro», un título que este Padre de la Iglesia mereció por su elocuencia. Antes de su bautismo, que tuvo lugar en el año 368 d.C, estudiaba filosofía. Después, se dedicó a la exégesis de la Sagrada Escritura junto con otros jóvenes de Antioquía, su ciudad natal. Tras una experiencia como eremita, se entregó al servicio de la Iglesia como sacerdote y obispo. Llevando en el corazón la Palabra de Dios, la ofrecía a todos, dando testimonio con coherencia de la verdad del Evangelio frente a las herejías de su tiempo. Me han impresionado especialmente sus espléndidas catequesis, que unen el amor por la verdad y la rectitud de vida, y su valentía para hablar ante el Emperador, diciendo siempre la verdad.
El segundo santo es Tomás de Villanueva, un agustino, que fue llamado a convertirse en pastor de la Iglesia. Era español. Estudió en la Universidad de Alcalá y, por su sabiduría, se ganó la estima del emperador Carlos V. Como obispo de Valencia, emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a sus hermanos a la perseverancia en la oración, en la castidad y en la obediencia. Su ardiente caridad me ha alentado en los momentos de prueba.
El tercer compañero de camino es santo Toribio de Mogrovejo, también español. En el siglo XVI fue misionero en Perú, donde se dedicó con gran celo a la evangelización de los indios, estudiando las lenguas locales. Santo Toribio unió una intensa vida de oración al compromiso por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de su época. Por eso, para mí es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo.

Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? (cf. Confesiones, VIII, 27). Es una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás.
En cuanto a los años vividos en Perú, como misionero y obispo, recuerdo sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza. Precisamente el encuentro con las heridas y las alegrías del pueblo me hicieron crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio, experimentando que la palabra del Señor lleva paz donde hay conflicto y se convierte, para todos, en fuente de reconciliación y de justicia.
(3) ¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces? (4) ¿Cómo podemos nosotros, también buscadores, acompañarlos en su proceso de descubrimiento de la belleza de la fe?
Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio, que favorece la atención y el recogimiento. Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece.
En segundo lugar, tened la certeza de que Dios conoce bien vuestra voz: Él os escucha y os responderá. Expresad lo que sentís en el corazón. Dice un salmo: «El que hizo el oído, ¿no va a oír?» (Sal 94,9). Nuestro discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es confiado al único que puede escucharlo. La oración es una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes. Cuando nosotros mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo, que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser.
En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios es necesario escuchar su Palabra viva, que es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que es su Cuerpo. Él cumple todas las Escrituras, ese testamento antiguo y nuevo dado a los hombres como promesa de salvación. La adoración eucarística, que esta noche compartimos, es precisamente el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y «estar» nosotros mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente en su amor, hecho alimento para la humanidad.
Además, queridos jóvenes, para acompañar a otros a descubrir la belleza de nuestra fe, recordad que ninguno de nosotros nació siendo maestro y que, ante el Señor, somos siempre discípulos. Compartid pues, vuestro camino espiritual, dando testimonio de él con coherencia de vida: la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente, sobre todo en la hora del cansancio. Él camina a nuestro paso e ilumina nuestro camino. Siguiendo el ejemplo del Maestro: así os invito a actuar, como pastores, educadores y amigos. Si rezáis con amor, los jóvenes apreciarán la importancia de la oración. Si ardéis en la fe, transmitirán su fuego vivo. Si permanecéis fieles a vuestra vocación, reflejaréis su gracia atrayente. Educad, por tanto, en el discernimiento, sabiendo que toda virtud se transmite en un vínculo de escucha que se convierte en diálogo. Los rostros de esposos y padres apasionados, de sacerdotes sabios, de religiosos y religiosas entregados a Dios para servir al prójimo no brillan en una idea, sino en la santidad de una vida puesta a prueba. La presencia cercana de Jesús se percibe incluso en nuestras caídas, también cuando nos convertimos en mano tendida y abrazo fraterno para sostenernos mutuamente en el camino.
(5) ¿Cómo podemos vivir los jóvenes cristianos comprometidos con esta sociedad? (6) ¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia?
A lo largo de los siglos de historia de la Iglesia, los cristianos hemos vivido en todo tipo de sociedades, atravesando los cambios de las culturas que hemos compartido y contribuido a formar. Un texto antiguo, la Carta a Diogneto, nos ofrece al respecto una hermosa intuición: «Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo» (VI). Este es nuestro modo de vivir: los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! Él nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte. Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta perspectiva, sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo. Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio (cf. Christus vivit, 105; Saludo en el Jubileo de los misioneros digitales, 29 julio 2025).
Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13). Para vivir así, es necesario ante todo interpretar la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después transformarla como testigos del Evangelio. El joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana. En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva.

El papa León XIV preside la Vigilia de Oración con jóvenes
La misión que os confío es precisamente ésta: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad (cf. Ga 5,6). Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. Muchas gracias.



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