Salmo 110

I
En su origen el salmo 110 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fuertes, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): "Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El Señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección".
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia: el propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22,44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2,34-35; Rm 8,34; etc.); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
La insistencia con que el Señor Jesucristo y los apóstoles vuelven a esta porción de las Escrituras resalta la importancia que tiene para la experiencia cristiana. El Salmo 110 es un cofre que aporta tesoros al que consigue aclarar sus misterios. Como dice Jesús, "el que busca halla", y el creyente del siglo XXI que escudriña en este salmo puede encontrar ayuda para echar mano de Cristo como sustento diario, poderoso y eficaz.
El salmo aborda todos los aspectos del evangelio. Ilumina doce facetas de "la multiforme gracia de Dios", doce principios espirituales que constituyen la plenitud del mensaje cristiano. Partiendo de la primera promesa de (Gn 3:15), los distintos aspectos de la buena nueva se plasman en la experiencia de Abraham y se regulan en la vida nacional de Israel. Jesucristo los recupera de las deformaciones de escribas y fariseos. Después del día de Pentecostés, los apóstoles aplican los doce principios a la nueva situación creada después de la cruz, la resurrección y la venida del Espíritu.
1 Oráculo del Señor a mi Señor:
"Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".
2 Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos
3 "Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora"..
Cada párrafo empieza con un oráculo o mensaje profético y es seguido por el comentario inspirado del salmista. 1. Mesías y rey, vv. 1-3 El Señor dijo (v. 1). Lit. es “Oráculo a mi señor”. Es una formula o expresión que se usa mucho en los profetas. Así, dice claramente que es una revelación de Dios. A mi diestra es una metáfora que le atribuye al invitado la misma dignidad del que le invita. Estrado de tus pies tiene su base en una costumbre antigua en que el rey victorioso ponía sus pies sobre los vencidos. Relieves de Asiria muestran al rey sentado en un trono que está sostenido por cautivos. También se usa un lenguaje similar en las Cartas de Amarna. El Salmo 2 muestra semejanzas con este Salmo. Viendo los dos Salmos, uno capta que el Mesías que vendrá será hijo de David y a la vez su Señor, como Jesús mostró. En los vv. 2 y 3 el salmista comenta el oráculo del v. 1. Se nota que es un cuadro de lucha. El Mesías reinará, pero primero tiene que vencer a los enemigos. Domina... (v. 2) son palabras dirigidas por el Señor al rey. El v. 3 presenta dificultades de traducción. Las versiones varían mucho, pero la idea básica es bastante clara: el pueblo del Mesías se ofrece espontáneamente; los jóvenes en el ejército, en su vestimenta santa para la guerra, están a la disposición del rey; están listos en su vigor de juventud y numerosos como las gotitas del rocío. Vemos al Mesías como rey de un ejército de vencedores.
Dios es el soberano que entroniza al rey vasallo, sentándolo en el trono a su derecha. En el pequeño estrado o escabel están figuradas las cabezas de reyes enemigos. Una voz, no se sabe quién, comenta el oráculo, prometiendo el vasallaje de otros reyes y la victoria sobre los agresores. Como en el reinado de David, que es modelo para la dinastía
Dios mismo entroniza al rey en la gloria, haciéndolo sentar a su derecha, un signo de grandísimo honor y de absoluto privilegio.
De este modo, el rey es admitido a participar en el señorío divino, del que es mediador ante el pueblo. Ese señorío del rey se concretiza también en la victoria sobre los adversarios, que Dios mismo coloca a sus pies; la victoria sobre los enemigos es del Señor, pero el rey participa en ella y su triunfo se convierte en testimonio y signo del poder divino.
La glorificación regia expresada al inicio de este Salmo fue asumida por el Nuevo Testamento como profecía mesiánica; por ello el versículo es uno de los más usados por los autores neotestamentarios, como cita explícita o como alusión. Jesús mismo menciona este versículo a propósito del Mesías para mostrar que el Mesías es más que David, es el Señor de David (cf. Mt 22, 41-45; Mc 12, 35-37; Lc 20, 41-44); y Pedro lo retoma en su discurso en Pentecostés anunciando que en la resurrección de Cristo se realiza esta entronización del rey y que desde ahora Cristo está a la derecha del Padre, participa en el señorío de Dios sobre el mundo (cf. Hch 2, 29-35). En efecto, Cristo es el Señor entronizado, el Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios que viene sobre las nubes del cielo, como Jesús mismo se define durante el proceso ante el Sanedrín (cf. Mt 26, 63-64; Mc 14, 61-62; cf. también Lc 22, 66-69). Él es el verdadero rey que con la resurrección entró en la gloria a la derecha del Padre (cf. Rm 8, 34; Ef 2, 5; Col 3, 1; Hb 8, 1; 12, 2), hecho superior a los ángeles, sentado en los cielos por encima de toda potestad y con todos sus adversarios a sus pies, hasta que la última enemiga, la muerte, sea definitivamente vencida por él (cf. 1 Co 15, 24-26; Ef 1, 20-23; Hb 1, 3-4.13; 2, 5-8; 10, 12-13; 1 P 3, 22). Y se comprende inmediatamente que este rey, que está a la derecha de Dios y participa de su señorío, no es uno de estos hombres sucesores de David, sino nada menos que el nuevo David, el Hijo de Dios, que ha vencido la muerte y participa realmente en la gloria de Dios. Es nuestro rey, que nos da también la vida eterna.
Entre el rey celebrado por nuestro Salmo y Dios existe, por tanto, una relación inseparable; los dos gobiernan juntos un único gobierno, hasta el punto de que el salmista puede afirmar que es Dios mismo quien extiende el cetro del soberano dándole la tarea de dominar sobre sus adversarios, come reza el versículo 2: «Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos».
El ejercicio del poder es un encargo que el rey recibe directamente del Señor, una responsabilidad que debe vivir en la dependencia y en la obediencia, convirtiéndose así en signo, dentro del pueblo, de la presencia poderosa y providente de Dios. El dominio sobre los enemigos, la gloria y la victoria son dones recibidos, que hacen del soberano un mediador del triunfo divino sobre el mal. Él domina sobre sus enemigos, transformándolos, los vence con su amor.

4 El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".
5 El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
[6 juzgará a los gentiles,
amontonará cadáveres,
quebrantará cráneos sobre la ancha tierra.]
7 En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.
El tercer oráculo confirma al rey en el trono de Jerusalén, la ciudad donde primero reinaba el rey-sacerdote Melquisedec. La dinastía de David, que conquistó la Jerusalén plaza fuerte de los Jebuseos, continúa las funciones sacras de la antigua dinastía cananea.
Melquisedec era el sacerdote rey de Salem que había bendecido a Abrán y había ofrecido pan y vino después de la victoriosa campaña militar librada por el patriarca para salvar a su sobrino Lot de las manos de los enemigos que lo habían capturado (cf. Gn 14). En la figura de Melquisedec convergen poder real y sacerdotal, y ahora el Señor los proclama en una declaración que promete eternidad: el rey celebrado por el Salmo será sacerdote para siempre, mediador de la presencia divina en medio de su pueblo, a través de la bendición que viene de Dios y que en la acción litúrgica se encuentra con la respuesta de bendición del hombre.
La Carta a los Hebreos hace referencia explícita a este versículo (cf. 5, 5-6.10; 6, 19-20) y en él centra todo el capítulo 7, elaborando su reflexión sobre el sacerdocio de Cristo. Jesús —así dice la Carta a los Hebreos a la luz del Salmo 110 (109)— es el verdadero y definitivo sacerdote, que lleva a cumplimiento los rasgos del sacerdocio de Melquisedec, haciéndolos perfectos.
Melquisedec, come dice la Carta a los Hebreos, no tenía «ni padre, ni madre, ni genealogía» (cf. 7, 3a); por lo tanto, no era sacerdote según las reglas dinásticas del sacerdocio levítico. Así pues, «es sacerdote perpetuamente» (7, 3c), prefiguración de Cristo, sumo sacerdote perfecto «que no ha llegado a serlo en virtud de una legislación carnal, sino en fuerza de una vida imperecedera» (7, 16). En el Señor Jesús, que resucitó y ascendió al cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, se realiza la profecía de nuestro Salmo y el sacerdocio de Melquisedec llega a cumplimiento, porque se hace absoluto y eterno, se convierte en una realidad que no conoce ocaso (cf. 7, 24). Y el ofrecimiento del pan y del vino, realizado por Melquisedec en tiempos de Abrán, encuentra su realización en el gesto eucarístico de Jesús, que en el pan y en el vino se ofrece a sí mismo y, vencida la muerte, conduce a la vida a todos los creyentes. Sacerdote perpetuamente, «santo, inocente, sin mancha» (7, 26), él, como dice una vez más la Carta a los Hebreos, «puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive para siempre para interceder a favor de ellos» (7, 25).
Después de este oráculo divino del versículo 4, con su juramento solemne, la escena del Salmo cambia y el poeta, dirigiéndose directamente al rey, proclama: «El Señor está a tu derecha» (v. 5a). Si en el versículo 1 quien se sentaba a la derecha de Dios, como signo de sumo prestigio y de honor, era el rey, ahora es el Señor quien se coloca a la derecha del soberano para protegerlo con el escudo en la batalla y salvarlo de todo peligro. El rey está a salvo, Dios es su defensor y juntos combaten y vencen todo mal.
Así los versículos finales del Salmo comienzan con la visión del soberano triunfante que, apoyado por el Señor, habiendo recibido de él poder y gloria (cf. v. 2), se opone a los enemigos dispersando a los adversarios y juzgando a las naciones. La escena está dibujada con colores intensos, para significar el dramatismo del combate y la plenitud de la victoria real. El soberano, protegido por el Señor, derriba todo obstáculo y avanza seguro hacia la victoria. Nos dice: sí, en el mundo hay mucho mal, hay una batalla permanente entre el bien y el mal, y parece que el mal es más fuerte. No, más fuerte es el Señor, nuestro verdadero rey y sacerdote Cristo, porque combate con toda la fuerza de Dios y, no obstante todas las cosas que nos hacen dudar sobre el desenlace positivo de la historia, vence Cristo y vence el bien, vence el amor y no el odio.
Nuevo comentario, quizá sacerdotal o profético. El soberano acompaña al vasallo con su ayuda militar: airado contra los rebeldes, asiste a su protegido.
Parece tratarse de un rito: el rey bebe el agua del torrente sagrado, fuente de vida, y así puede levantar la cabeza con confianza.
Cristo ha sido engendrado por el Padre "antes de la aurora"; Cristo glorificado se sienta a la derecha del Padre; Cristo es sacerdote del rito de Melquisedec; es el heredero de la dinastía davídica.
El salmista comenta de nuevo el primer oráculo, volviendo a él en círculo concéntrico al modo oriental. El Señor está a su derecha ayudándole en la lucha. El día de su ira es el del juicio punitivo contra reyes y naciones enemigas. Su acto definitivo es la sentencia. Bajo este nombre se incluyen todos los actos que integran el juicio, particularmente el juicio final. Y hace una pintura descriptiva de esa victoria en el v. 6.
El salmista termina (v. 7) hablando del Mesías como sujeto. Por su unión con Yahvé, el Mesías triunfa definitivamente. Beber del torrente en sentido propio es recibir fuerzas como Elías en el Karit, y en sentido figurado, como aquí, es recibir abundancia de dones divinos y delicias beatificantes. El camino ha de entenderse metafóricamente por el camino de la vida. Levantará la cabeza es otra frase metafórica para decir saldrá vencedor, alcanzará la victoria final para sí y para los demás: El y los suyos irán con la cabeza erguida.